En las estepas patagónicas de Neuquén habita un corredor extraordinario: el choique, un ave no voladora que alcanza los 1,10 metros de altura y pesa entre 15 y 30 kilogramos. Aunque muchos la confunden con el ñandú, esta especie nativa posee adaptaciones únicas para sobrevivir en los ambientes áridos y semiáridos de la región.
Con su plumaje gris pardo moteado de blanco, el choique se camufla perfectamente entre los arbustos y pastizales. Su potente musculatura en las patas le permite correr a gran velocidad para escapar de depredadores, convirtiéndolo en uno de los corredores más eficientes de la fauna local.
Un rol ecológico clave
El choique cumple funciones fundamentales en el ecosistema de la estepa. Se alimenta principalmente de hierbas y arbustos —casi el 73 % de su dieta—, mientras que el resto proviene de gramíneas y otras plantas. Esta alimentación no compite con la del ganado doméstico, lo que hace compatible su presencia con actividades productivas sustentables.
Padres de los arbustos
Un aspecto sorprendente del choique es su estructura reproductiva: son los machos quienes construyen el nido, incuban los huevos y cuidan los pichones. Durante esta etapa, se vuelven extremadamente territoriales y agresivos. Cuando nacen los polluelos, el padre utiliza una estrategia ingeniosa: rompe los huevos no eclosionados para que las crías se alimenten de los insectos que atraen, proporcionándoles proteína en sus primeros días de vida.
Las hembras alcanzan madurez reproductiva alrededor de los dos años, mientras que las crías nacen con plumaje blanco amarillento y adquieren el característico moteado del adulto aproximadamente al año de vida.
Amenazas para la especie
La especie se encuentra clasificada como vulnerable en Neuquén. La pérdida de hábitat, la caza furtiva y la recolección ilegal de huevos son las principales amenazas que enfrenta. Su conservación resulta esencial para mantener la salud ecológica de nuestras estepas patagónicas.




