El próximo 15 de septiembre se conmemora el Día Mundial de Concienciación sobre el Linfoma, una enfermedad que afecta a más de un millón de personas globalmente y suma unos 360.000 nuevos casos cada año. Este año, la campaña internacional apunta a visibilizar algo que muchas veces queda en segundo plano: el impacto emocional desde el diagnóstico hasta la recuperación.
Recibir la noticia de un linfoma es un golpe que va mucho más allá de los protocolos médicos. Miedo, incertidumbre, ansiedad y la sensación de perder el control son compañeros frecuentes del tratamiento, y eso afecta tanto al paciente como a su círculo más cercano. Por eso, desde la Asociación Civil Linfomas Argentina (ACLA) insisten en que atender lo emocional es tan importante como seguir el tratamiento oncológico.
"Recibir un diagnóstico de linfoma marca un antes y un después", subraya Haydee González, presidente de la ACLA. La asociación ofrece espacios donde los pacientes y sus familias puedan expresarse, informarse y sentirse acompañados en cada etapa del proceso.
Lo que a menudo sorprende es que la dimensión emocional no termina cuando finaliza el tratamiento. En la remisión pueden aparecer nuevos miedos: temor a una recaída, dificultad para retomar la rutina, dudas sobre la nueva realidad. La psicooncología, el acompañamiento psicológico especializado en cáncer, se vuelve entonces un pilar tan necesario como la atención médica.
Según explica Mariana Godoy, psicooncóloga de ACLA, respuestas como insomnio, enojo o sensación de descontrol no deben ser minimizadas ni ignoradas. Cada persona enfrenta la enfermedad de manera distinta, con herramientas diferentes, y eso también es válido.
La propuesta es clara: hablar sobre lo que se siente, mantener los vínculos, acceder a información confiable y contar con profesionales de salud mental especializados puede hacer una diferencia real en cómo se transita esta enfermedad.




