La inflación en Estados Unidos aceleró más de lo que esperaban los analistas durante septiembre, alcanzando 3,7% interanual cuando se proyectaba un aumento del 3,6%. El Departamento del Trabajo estadounidense reportó que los precios al consumidor subieron 0,6% respecto a agosto.
El culpable principal fue la gasolina. Los combustibles se encarecieron 9,1% en el mes y 34,2% en el año, representando más de la mitad del aumento total del Índice de Precios al Consumidor. La energía en general creció 5,2%, tras un incremento de 2,1% en agosto, impulsada por las tensiones geopolíticas en Medio Oriente que restringen los suministros globales.
Lo más preocupante para la economía estadounidense es que las presiones inflacionarias van más allá del sector energético. La inflación subyacente —que excluye alimentos y energía— creció 0,3% mensual por segundo mes consecutivo y 2,6% anual. Los precios de la vivienda y tarifas aéreas se dispararon, reflejando cómo los costos de combustible se trasladan al resto de la economía.
Este dato más negativo de lo esperado tensiona a la Reserva Federal antes de su reunión del 27 y 28 de octubre, donde los inversores apuestan a otra suba de tasas de interés para frenar la espiral de precios.




