Un periodista de Noticias Argentinas reflexionó sobre el clima de tensión que rodea los encuentros con la prensa en Casa Rosada. El tema central no es un episodio puntual, sino cómo el Gobierno de Javier Milei entiende el rol de los periodistas en una democracia.
Las conferencias presidenciales operan bajo restricciones cada vez más estrictas: una sola pregunta por periodista, un número limitado de participantes autorizados y prohibición de repreguntas. El vocero presidencial Adrián Ravier gestiona estos encuentros de forma que los espacios se vuelven abúlicos e intrascendentes, según la perspectiva del cronista.
El núcleo del problema es la comunicación deficiente. Desde adentro de la administración reconocen que hay logros que no se transmiten adecuadamente. El vocero debería resolver ese déficit, no agravarlo confrontando con los periodistas acreditados.
La contradicción de fondo: un gobierno que enarbola constantemente la libertad —económica, individual, de expresión— mantiene restricciones que dificultan el trabajo de la prensa. Una conferencia de prensa debería permitir que los periodistas cuestionen y que los funcionarios respondan. No es un examen donde el oficial decide cuántas consultas tolera.
Las repreguntas, además, no son caprichos: suelen ser necesarias porque la respuesta inicial no contestó lo preguntado. Eso es lo que molesta, pero es también lo que hace funcionar la accountability en democracia.




