El Pinot Noir encontró en Neuquén las condiciones ideales para desarrollarse. Según Ana Grisoni, sommelier de Bodega Patritti, el suelo y el clima provincial permitieron que esta cepa se convirtiera en un sello de identidad de la región, compitiendo con zonas que cuentan con 50 o 100 años de tradición vitivinícola.
El elemento que muchos neuquinos conocen como cotidiano —el viento— juega un papel inesperadamente crucial en la calidad de los viñedos. La circulación permanente del aire y el ambiente seco mantienen los cultivos en condiciones saludables, eliminando la necesidad de pesticidas. El viento crea viñedos limpios de forma natural.
En el caso del Pinot Noir en particular, el viento interviene en un momento crítico. Como los racimos maduran rápidamente y tienen estructura comprimida, la planta desarrolla una piel más gruesa como autodefensa. Esto ralentiza la maduración y permite que las bajas temperaturas nocturnas concentren sabores y aromas únicos en cada copa.
Bodega Patritti expresa actualmente esa identidad con dos líneas diferentes. Primogénito es el clásico de la bodega, con paso de roble francés. Sangre Azul, en cambio, profundiza la identidad local: utiliza una preselección de viñedos y fermenta un porcentaje con racimos enteros, lo que genera mayor concentración de taninos y potencial de guarda.




