Victoria Rojo nació con hipoglosia-hipodactilia, un síndrome que impidió el desarrollo completo de sus cuatro extremidades. Hoy, a los 24 años y desde Córdoba, enfrenta nuevamente un juicio contra su obra social APROSS para acceder a prótesis biónicas que le permitirían mejorar su autonomía y calidad de vida.
Cuando nació en 2001, sus padres no tenían información previa sobre su condición. Su madre decidió buscar soluciones rápidamente: a los tres meses le colocaron sus primeras prótesis de brazo, y al año las de las piernas. "Fueron dos pilones de madera, porque vivíamos en un pueblito de la sierra de Córdoba y en esa época no había mucho material ni gente que hiciera prótesis", explicó Victoria.
Durante su infancia y adolescencia utilizó prótesis mecánicas y cosméticas. Pero a los 15 o 16 años, un fisiatra le indicó que necesitaba prótesis biónicas para mejorar su movilidad y reducir la dependencia de terceros. Las prótesis biónicas permiten un movimiento mucho más natural, soportan más peso y habilitan actividades como escalar o andar en bicicleta, algo imposible con las mecánicas tradicionales.
En ese momento, Victoria inició un primer juicio contra APROSS y ganó. Sin embargo, obtuvo la cobertura solo después de tres años de trámites. Ahora enfrenta un segundo conflicto con la misma obra social, esta vez para acceder a nuevas prótesis biónicas de piernas y una mano biónica que amplíe su independencia.
"Empecé a sentir dolores que me dan miedo", resume la situación que la llevó a retomar la lucha legal. Victoria destaca que no se trata de un problema estético, sino de una necesidad médica: el deterioro físico causado por prótesis inadecuadas y los años de dependencia de terceros para las actividades cotidianas.
Su caso refleja la brecha entre lo que la medicina moderna puede ofrecer y lo que las obras sociales están dispuestas a cubrir, dejando en manos de los pacientes la responsabilidad de pelear judicialmente por tratamientos que los médicos consideran esenciales para vivir con dignidad.




