Las críticas internacionales que volvieron a señalar a Argentina como un país con problemas de discriminación reabrieron un debate sobre cómo llegamos a esta situación. Historiadores como Milena Acosta explican que no se trata de un fenómeno nuevo ni aislado, sino que tiene raíces profundas en la historia del país.
El orden racial que conocemos hoy viene del período colonial, cuando la desigualdad era directamente legal. Los europeos —españoles, blancos, cristianos— eran considerados superiores a indígenas y africanos. Pero en el Río de la Plata ese sistema fue menos rígido que en otros territorios del imperio.
Lo complicado llegó después. Con la independencia, el nuevo orden liberal no reparó esas diferencias, sino que intentó borrarlas. A las poblaciones indígenas se les quitó el derecho a la tierra como colectivo, lo que aceleró su disolución. La idea del "crisol de razas" se impuso desde arriba: supuestamente todos éramos iguales bajo la identidad nacional, pero los privilegios de algunos sobre otros nunca desaparecieron realmente.
Hoy esas desigualdades siguen activas. La migración masiva del siglo XIX y XX fue un hecho fundacional, pero no borró las jerarquías coloniales. La pobreza en Argentina tiene color, señala Acosta: muchas personas expulsadas de sus tierras originarias terminaron en barriadas populares de las grandes ciudades, manteniendo esa estructura de exclusión de siglos atrás.
Para la historiadora, el sistema educativo público fue históricamente la herramienta que más pudo contrarrestar estas diferencias. Pero si se desmorona la educación pública, esa posibilidad se debilita. El debate actual sobre racismo, entonces, no es solo histórico: también refleja decisiones políticas del presente sobre qué país queremos ser.




