En Argentina, 5 millones de personas viven en barrios populares. De esa cifra, 1.700.000 son niños, adolescentes y jóvenes que enfrentan carencias básicas: el 90% no tiene acceso a agua potable, muchos viven en hacinamiento extremo y las inundaciones los dejan sin poder ir a la escuela.
La realidad es cruda. Familias sin empleo estable, jóvenes que pierden la esperanza, avance del narcotráfico en territorios donde el Estado está ausente. Hay historias de intentos de suicidio, historias de quienes no encuentran salida.
Pese a todo, en las villas hay algo que sorprende: solidaridad sin límites. Según Sofía Zadara, Directora Ejecutiva de Cáritas Argentina, "la vida abraza lo comunitario" en estos barrios. "Donde comen dos comen tres", dicen los vecinos. Hay comedores, gente que abre la olla, apoyo escolar. Personas que buscan día a día que sus hijos terminen la escuela, que coman.
También hay oficios. Albañiles, cuidadores, niñeras. Trabajadores que el resto de la ciudad necesita pero que hoy están sin empleos formales. Hay emprendedores que le buscan la vuelta todos los días.
Lo más desafiante ahora es lograr que la mayoría de las familias tenga las cuatro comidas básicas. No es un tema de lujos: es alimentación fundamental.
La Iglesia y organizaciones como Cáritas trabajan en sostener a quienes sufren consumo problemático, violencia y dolor extremo. Pero la tarea es enorme y requiere que el Estado mire de verdad, que comprenda, que actúe. No alcanza con ayudas puntuales cuando hay una inundación.
Lo que llama la atención a quienes visitan estos barrios es la esperanza que brota de la gente. Una esperanza que conmueve. Esas personas merecen vivir mejor, y quieren vivir mejor. La pregunta es si les será permitido.




