La mayoría de los argentinos ya no solicita crédito para invertir o comprar una casa. Hoy lo hace para llegar a fin de mes. Seis de cada diez personas piden préstamos para alimentos, servicios, alquiler y gastos médicos —necesidades básicas que antes no requerían financiamiento.
El fenómeno es aún más grave porque genera un círculo vicioso: cuando no pueden pagar, muchas familias toman nuevos préstamos para saldar viejas deudas. Este "recrédito" es la señal más clara de una espiral sin salida aparente.
Los números de la crisis
Según el Mapa de la Deuda del Centro de Estudios para la Ciudad y la fundación Friedrich-Ebert-Stiftung, la deuda en mora de las familias llegó al 17,5% en junio. Más preocupante aún: el monto promedio de deuda por persona creció 60% en términos reales, y el 35% de esas deudas vencidas llevan más de un año sin pagarse.
Los jóvenes menores de 25 años están particularmente atrapados: casi 4 de cada 10 tienen atrasos severos en sus compromisos crediticios.
Del banco al prestamista barrial
Expulsadas del sistema financiero formal, muchas familias recurren a casas financieras con tasas usurarias o a prestamistas barriales vinculados al narcotráfico. La deuda ya no es solo un problema económico: genera tensión social creciente, problemas de salud mental y riesgos de violencia intrafamiliar.
¿Qué hacen otros países?
Brasil lanzó recientemente la segunda fase de "Desenrola Brasil", un programa que fija topes a los intereses de tarjetas de crédito y permite renegociar deudas en hasta 60 meses con tasas muy bajas para personas que ganan hasta dos salarios mínimos.
Expertos plantean que la Argentina necesita un plan urgente con tres ejes: regular la usura mediante topes a las tasas de interés, ofrecer microcréditos sociales subsidiados con garantía estatal, e implementar educación financiera e asistencia legal integral. Sin intervención pública transformadora, advierten, el crédito desregulado seguirá profundizando la desigualdad.




