La provincia cuenta con 1.200.000 hectáreas de bosques nativos que hacen mucho más que cubrir el terreno: retienen agua, fijan el carbono, protegen el suelo de la erosión y hacen posible la vida tal como la conocemos.
Son los llamados servicios ecosistémicos, y aunque no los vemos en el día a día, los necesitamos para respirar, comer y trabajar. Una abeja en el Alto Valle que poliniza una manzana, un mallín en la estepa que retiene agua, un bosque en la cordillera que sostiene el terreno: todos son procesos naturales que generan beneficios concretos.
El agua disponible, la fertilidad del suelo, la polinización y la regulación de caudales dependen de relaciones entre el agua, el suelo, el aire y la biodiversidad. Algunos servicios son evidentes —como la provisión de agua o los frutos—, pero otros permanecen en segundo plano: la captura de carbono, la formación del suelo mismo, o el valor que tiene un bosque para el turismo y la vida comunitaria.
El ministerio de Turismo, Ambiente y Recursos Naturales, a través de su subsecretaría de Cambio Climático, promueve espacios educativos para que la provincia comprenda cómo funcionan estos procesos y por qué protegerlos es un asunto de políticas públicas.
En el Alto Valle, los insectos polinizan manzanos y perales: sin ese trabajo, no hay frutos ni trabajo agrícola. En bosques de Aluminé, Pehuenia, Junín de los Andes y San Martín, los árboles interceptan lluvia y nieve, el follaje protege el suelo y las raíces lo estabilizan contra la erosión. Los mallines —esas zonas húmedas en la estepa y la precordillera— concentran agua en lugares donde escasea.
La cuenca de los ríos Limay, Neuquén y Negro demuestran en la práctica que estos servicios no funcionan aislados: son una red que sostiene actividades productivas, poblaciones y formas de vida en todo el territorio.



