Un pequeño anfibio de apenas cuatro centímetros habita exclusivamente en las lagunas del Parque Nacional Laguna Blanca. La ranita patagónica no existe en ningún otro lugar del mundo y hoy está en peligro de desaparecer.
Esta especie endémica vive únicamente en las lagunas de Antiñir, Verde y Jabón, en el centro neuquino. Su distribución tan restringida la convierte en un componente crítico para la conservación: cada población aislada es fundamental para que la especie sobreviva.
La ranita mide entre 35 y 50 milímetros. Se distingue por su hocico triangular puntiagudo, su piel lisa con pliegues ondulados en los laterales, y una característica única: sus dedos están completamente unidos por membranas, adaptación perfecta para su vida acuática. El dorso es grisáceo u oliva con manchas oscuras, mientras que el vientre presenta tonalidades anaranjadas.
Los renacuajos llaman especialmente la atención: son desproporcionadamente grandes respecto al adulto y durante su desarrollo adquieren pliegues laterales que les dan un aspecto que recuerda a una pequeña "rana voladora".
Ya adulta, la ranita permanece estrechamente vinculada al agua. Se desplaza sobre piedras sumergidas en el fondo de pequeñas lagunas basálticas, donde se alimenta de artrópodos acuáticos, especialmente de un crustáceo diminuto llamado hyalella patagonica.
Estos ambientes —rocas cubiertas por algas nostoc y plantas acuáticas— albergan un ecosistema muy particular donde la ranita juega un papel específico en la cadena biológica de la región.
Los especialistas recomiendan conservar los ambientes acuáticos donde habita para garantizar la supervivencia de esta especie que no existe en ningún otro rincón del planeta.




