En París trabajan Isidro Agüero y Matías Fiol, dos argentinos que forman parte de la cadena que sostiene el polo en Europa. Ellos son petiseros: los encargados de cuidar, alimentar y preparar los caballos que compiten en la temporada francesa, una tarea que los aleja de casa entre seis y siete meses cada año.
Agüero viene de Juan Bautista Alberbi, en el sur de Tucumán. Aprendió el oficio desde niño junto a su padre, quien dedicó toda la vida a lo mismo. A los 18 se mudó a Buenos Aires, donde pasó una década profundizando su formación y haciendo contactos. Luego llegó a Europa.
"Nosotros andamos con el polo. Hacemos temporada seis, siete meses y después nos volvemos a Argentina", explica. El petisero trabaja de lunes a lunes: alimenta y cepilla los caballos por la mañana, ensilla los que van a entrenar, controla su estado físico durante toda la jornada. Es un oficio que exige constancia permanente.
La rutina en Francia no cambia demasiado respecto a la Argentina. Los caballos argentinos llegan con sus cuidadores y se preparan durante toda la temporada. Algunos se venden al terminar, otros descansan hasta la siguiente competencia. Hay petiseros que después continúan en España o se quedan fuera casi todo el año.
Para Agüero, la clave está en la genética y los años de trabajo. "Ya es el trabajo de muchos años que viene formándose con la genética. Eso hace al caballo argentino más sobresaliente que otros caballos", dice. Esa reputación es lo que permite que equipos europeos contraten petiseros argentinos.
El oficio exige dedicación desde el primer día. Agüero lo subraya: "Primero tiene que gustar mucho". El aprendizaje comienza en una caballeriza, cuidando animales y acumulando experiencia, una tradición que en su caso arrancó con su padre en Tucumán y hoy lo tiene trabajando con Fiol en Francia.




