La muerte súbita golpea sin aviso. Se estima que en Argentina ocurren 40.000 casos anuales — cerca de uno cada 1.000 habitantes —, generalmente en personas que parecían estar sanas. Lo inquietante: más del 70% sucede fuera de hospitales, en casas, trabajos, canchas de deporte o calles.
Esto significa que la mayoría de las veces, no habrá médicos cerca. Serán vecinos, compañeros, familiares quienes tendrán que actuar en los primeros segundos.
El tiempo es crítico. El cerebro comienza a sufrir daño irreversible entre los 4 y 6 minutos después de un paro cardíaco. Por cada minuto que pasa sin reanimación cardiopulmonar (RCP), se pierde un 10% de posibilidades de sobrevida. Pasados los 5 minutos, las chances caen dramáticamente.
La cardióloga María Alejandra Angrisani del Hospital Británico lo resume así: "Frente a un paro cardíaco, cada minuto cuenta. Llamar al 107, iniciar compresiones torácicas y, de ser posible, usar un desfibrilador externo automático (DEA), puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte."
¿Quién está en riesgo? En adultos, el 80% de las muertes súbitas están vinculadas a enfermedades coronarias agravadas por tabaquismo, hipertensión, diabetes u obesidad. En personas jóvenes, suelen ser anomalías congénitas no detectadas.
La prevención es posible: controles médicos regulares, mantener bajo control la presión arterial y el peso, no fumar y hacer ejercicio físico de forma sostenida reducen considerablemente el riesgo.
Por ley, debe haber desfibriladores en espacios públicos y privados donde circulen más de 1.000 personas diarias, así como en clubes, gimnasios, cárceles, cuarteles de bomberos y transporte de larga distancia. Pero la ley es solo una herramienta; el verdadero cambio está en que la comunidad aprenda a actuar. Este conocimiento salva vidas.




