El choique es un ave emblemática de la Patagonia neuquina. Con poco más de un metro de alto y entre 15 y 30 kilogramos, esta especie no voladora se ha adaptado perfectamente a la vida de la estepa. Sus patas musculosas le permiten alcanzar velocidades extraordinarias para escapar de los depredadores, convirtiéndolo en uno de los corredores más eficientes de nuestra fauna.
A diferencia del ñandú, mucho más grande, el choique es más pequeño y mejor preparado para los ambientes áridos y semiáridos. Su plumaje gris parduzco con motitas blancas le sirve como camuflaje perfecto entre los arbustos y pastizales de la región. Los pichones nacen blanquecinos y adquieren este moteado característico alrededor del primer año de vida.
Un padre que se ocupa de todo
Lo más singular del comportamiento del choique es su sistema de crianza. Es el macho quien construye el nido, incuba los huevos y protege a los pichones. Durante esta época se vuelve territorial y agresivo para defender la nidada. Las hembras ponen los huevos cerca, y el macho los acomoda en el nido. Algunos quedan fuera, y al descomponerse atraen insectos que servirán de alimento para las crías recién nacidas.
Comen lo que no come el ganado
Su dieta es principalmente herbívora: casi el 73 % proviene de hierbas y arbustos, el 27 % restante de gramíneas y plantas acuáticas. Esta alimentación no compite con la del ganado doméstico, lo que hace que el choique y la ganadería puedan convivir cuando se desarrollan de forma sustentable.
Sin embargo, la especie enfrenta serias amenazas. La pérdida de hábitat, la caza furtiva y la recolección ilegal de huevos han colocado al choique en estado de vulnerabilidad. Protegerlo es fundamental para mantener el equilibrio ecológico de nuestras estepas patagónicas.




