Los guardaparques de Neuquén transforman los espacios naturales protegidos en aulas vivas. A través de caminatas, talleres y experiencias de restauración, desarrollan un trabajo sistemático de educación ambiental que llega a estudiantes, docentes, guías turísticos y vecinos de distintas localidades.
El caso de Tromen es paradigmático. Hace casi dos décadas, una charla sobre aves solicitada por una escuela primaria marcó el inicio de un programa que no paró de crecer. Desde 2008, la zona concentra participación de más de 25 mil personas: estudiantes de todos los niveles, docentes, universitarios, adultos mayores y organizaciones comunitarias. Es lo que ocurre cuando la educación ambiental se sostiene en el tiempo.
Cada área protegida adapta sus propuestas según el territorio. En Chañy y Batea Mahuida incorporan la dimensión cultural mapuche, conectando el pehuén con la cosmovisión originaria. En Copahue, los estudiantes no solo aprenden sobre flora y fauna: participan activamente en tareas de restauración, sembrando piñones y plantando especies nativas.
En Cañada Molina se desarrollan proyectos que mezclan conservación, cultura y participación comunitaria. Los recorridos interpretativos escolares se complementan con experiencias como "Cabalgando en busca de las Semillas Originarias", donde la comunidad juega un rol protagónico.
Estas actividades responden a un objetivo común: fortalecer el vínculo de los vecinos con su entorno y convertir la conservación en un compromiso compartido, no en una tarea aislada de especialistas.




