Un fin de semana alcanza para descubrir por qué tantos viajeros regresan a Aluminé. Rafting sobre el río Aluminé, caminatas entre pehuenes, observación de aves y comida regional conforman una escapada donde el ritmo lo marca la montaña.
Este pueblo cordillerano neuquino se rodea de montañas, bosques nativos y ríos que ofrecen una mezcla particular: tranquilidad por la mañana, aventura por la tarde. Es posible despertar al canto de las aves, caminar entre árboles nativos al mediodía y bajar rápidos de agua blanca apenas unas horas después.
Primer día: el río como centro
La mañana comienza en el centro, donde cafeterías y panificados locales recuperan los sabores del territorio. El pehuén —árbol característico de la región— aparece en varios platos y productos que permiten entender mejor la identidad gastronómica cordillerana.
Hacia media mañana, una salida con binoculares lleva hacia la laguna López o la Reserva Natural Urbana Quilque Lil. Ambos espacios permiten observar la fauna y flora patagónica: caminar lento y en silencio revela movimientos de aves, vegetación y pequeños rastros que muchas veces pasan desapercibidos.
Al mediodía regresa el momento para la mesa. La gastronomía local propone carnes, truchas, hongos silvestres y platos con piñón de pehuén. El almuerzo no es solo pausa: es otra forma de conocer el lugar.
Por la tarde llega el cambio de ritmo. El río Aluminé, con sus rápidos característicos, es escenario de rafting y kayak. Guías habilitados acompañan la experiencia de aguas blancas, donde la fuerza del agua marca cada descenso.
Estas 48 horas dejan al viajero con razones suficientes para volver. La próxima vez, tal vez sea para quedarse más tiempo.




